Un hueco en el procedimiento

16 de agosto de 2011

Tengo frío. En medio de una madrugada de inequívoco verano, yo voy y tirito en el sofá.

Tengo una Enfermedad Crón(h)nica que hago todo lo posible por mantener a raya, pero de vez en cuando me gana algún round y la fiebre es tan alta que me hace tiritar.

Recuerdo la penúltima vez que me ingresaron en el hospital por ello. Concretamente recuerdo que tuve que pasar la noche en un pasillo porque no había camas disponibles en planta. Habían permitido que un acompañante pasara conmigo y mi madre se estaba despidiendo de mí pues, dado que no podía hacer nada, la insté a que al menos uno de los dos durmiera bien en su cama. Yo estaba tiritando.

De pronto por detrás de mí se abrió una pesada puerta (la misma que los celadores golpearían una y otra vez contra mi cama durante toda la noche) y apareció mi padre.

No sé cómo lo hizo, pero había deducido el pasillo exacto al que me habrían llevado, más allá de urgencias, y, aunque solo se permitía un acompañante, había decidido que eludiría el procedimiento accediendo al pasillo por el lado permitido. Para estar conmigo.

Mi padre, siempre tan recto en relación a las reglas, no era la primera vez que hacía alarde de encontrar algún hueco en el procedimiento para poder prestar alguna ayuda a su familia. Tenía una habilidad especial para analizar situaciones y lugares y descubrir cómo funcionaban las cosas.

Naturalmente también lo mandé a casa con mi madre, por así decir. Pero en ese momento decidí, o quizá lo aprendí, sin ser del todo consciente de ello, que yo también sería capaz de encontrar huecos en los procedimientos cuando fuera necesario prestar alguna ayuda o apoyo a mi familia.

1 de septiembre de 2010

Entonces fue mi padre quien ingresó en el hospital, inconsciente. Y no, no fuí capaz de colarme por algún pasillo a un box de urgencias. Aunque claro, la situación era distinta.

Lo habían entubado después de una crisis “epiléptica” (para que nos entendamos) de origen desconocido. Descartaron el accidente cerebrovascular y buscaban infecciones pero mientras siguiera en el coma que le habían inducido necesitaba UCI y, dado que en esa ocasión tampoco había camas libres, lo trasladaron a otro hospital.

Durante tres días mi madre, mis hermanos y yo fuimos a visitarlo a las horas permitidas, casi siempre acompañados por un “séquito” de otros familiares y amigos que merecen, como mínimo, todo el cariño que mostraron. Así que esto también va por vosotros.

Durante tres días el estado de mi padre nos resultaba confuso. Bajo los efectos de la sedación, nos miraba, nos reconocía con ojos vidriosos, intentaba comunicarse sin éxito (con el tubo en la garganta) y se quejaba mucho poniéndose las manos en el bajo vientre e intentando arrancarse la sonda. Todo ello con más o menos nerviosismo, pero siempre terminaba muy nervioso, casi ido.

Durante tres días el informe personal del médico nos confundió todavía más… Decía que mi padre “no conectaba” con ellos. Que seguramente con nosotros tampoco, que eran imaginaciones nuestras porque con los médicos apenas mantenía el contacto ocular, no obedecía las órdenes de tranquilizarse ni cualesquiera otras. Y mientras no lo hiciera no podían quitarle la respiración asistida que, según ellos, también necesitaba.

Durante tres días no hubo más información, salvo algún otro cambio de diagnóstico provisional, aunque indeterminado, pues no encontraban ninguna causa fehaciente para la crisis que mi padre había sufrido.

Durante tres días hicimos todo lo que nos permitieron por ayudar, informando a los médicos de todo lo sucedido, de cualquier idea que se nos ocurría por si servía de algo. La parte clave la resume muy bien la repetida intervención de mi hermano Micky:

—Nuestro padre no es que sea nervioso: es extremadamente nervioso. ¿No puede ser que cuando le quitan la sedación y se despierta en esta situación que no se espera, entubado y sin saber qué le ha pasado o si nos ha pasado algo a nosotros, que se agite por eso? Insisto, mi padre antes de ser ni tan siquiera consciente, pensará “mecagüentodo” e intentará por todos los medios levantarse y buscarnos.

Durante tres días nos ignoraron. Pero no les culpo. Es lógico. Seguían estrictamente el procedimiento.

Por mi formación y experiencias, conozco bastante bien el cerebro. Yo podía hablar de tú a tú sobre neurología con el médico, pero su decidida postura me hacía dudar de si volveríamos a ver a mi padre fuera del coma. Y un momento dado me fui al baño a derrumbarme. Mi hermano Silver_ib me siguió y me consoló y me animó con otra postura decidida: nuestro padre no iba a morir.

Con energías renovadas, pensé y pensé en cómo solucionar la situación. En cómo eludir el procedimiento. Creía que había una forma, pero implicaba abusar de la confianza de alguien, algo que yo siempre había querido evitar. Así que para convencerme de que había encontrado nuestro hueco en el procedimiento, tuve que recurrir a mi hermana, ejemplo viviente de un dicho popular sobre llorar y mamar:

—Necesito un empujoncito — le dije.

Y me lo dio.

(Continuará)

6 thoughts on “Un hueco en el procedimiento

  1. Tras leérmelo un par de veces, no puedo más que alabar hasta la última palabra escrita. Genial.

  2. Me encantan los huecos en los procedimientos… y la gente que los encuentra.
    Con ansia de que continúe el relato.Un abrazo fuerte.

  3. Pingback: Primus Inter Pares » Sobre bromas y tumores

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