Crítica de “La Vida de Adèle”

Existe ese tipo de cine no apto para todos los paladares, ese que es capaz de mostrarte cómo el protagonista se tira media hora cepillándose los dientes, yendo de compras o mirando a las musarañas en general. No siguen ningún esquema narrativo establecido y dejan que todo simplemente fluya a través de situaciones aparentemente sin importancia pero en las que subyace una profunda carga existencial:

Imaginaos una película de este tipo, centrada sólo en dos chicas y que además dure tres horas. Francamente, “La Vida de Adèle” tenía todos los puntos para convertirse en mi nueva película siestera preferida. Pero no fue así. Este film, heredero de la nueva ola de cinestas franceses de la década de los 50 bajo el nombre de “nouvelle vague” logra, sin duda, que el “cinéma vérité” construya un nuevo espejo al que podemos mirarnos y estremecernos ante el reflejo que desprende. Y dicho esto procedo a quitarme mis gafas de pasta. Podemos continuar.

Por supuesto la película no es tan rematademente “experimental”, pero en esencia sigue esos patrones básicos. Son tres horas dónde nos cuentan la historia de dos chicas, de cómo se conocieron, de cómo se enamoraron, y de cómo su relación evolucionó con el paso del tiempo. Realmente no cuentan nada que no haya sido contado antes, y además lo hacen con un estilo narrativo prácticamente inexistente, pasamos de una escena a otra sin aparente ritmo ni concierto. ¿Entonces cuáles son las claves del éxito de este film?

Aún así la película logra emocionar, sumergirnos en el mundo de Adèle de tal manera que vivimos como propias sus experiencias, logrando que las tres horas de duración nos pasen como un suspiro. Gran mérito de esto es para nuestra protagonista, Adèle, interpretada por Adèle Exarchopoulos. Interpretación para enmarcar, su mayor mérito es lograr convencernos de que no está actuando, de que Adèle en realidad existe, haciéndonos cómplices de todas sus experiencias. Es un ejercicio de naturalidad abrumadora que no había visto nunca. Bien secundada por Léa Seydoux, que aguanta el tipo con solvencia.

La otra parte del mérito me parece justo que se la lleve el director: Abdellatif Kechiche. Sigue fiel al estilo francés de romper esquemas y tratar de mostrar la realidad tal y como es. Normalmente este tipo de películas nunca me han atraído, pero en este caso lo cierto es que no concibo otra forma de contar esta historia. Sin pecar en exceso de esta técnica, sólo lo justo, el espacio necesario para acercarnos a Adèle y que ésta nos atrape y absorba, desde los pequeños detalles (ese peinado, los platos de pasta, etc.) a cosas no tan pequeñas (brutal la discusión con Emma). Todo desprende naturalidad, prueba de ello es que una escena de sexo que dura unos 10-15 minutos, bastante explícito, apenas escandalice más allá de a los cuatro mojigatos de turno. Y eso que estoy convencido al 99,9% de que las actrices tuvieron sexo de verdad, se ponga como se ponga la gente.

Por tanto el éxito de esta película radica en las impecables actuaciones de nuestras protagonistas, especialmente de Adèle, y de una soberbia dirección que consigue acercarnos tanto a la protagonista hasta el punto de sumergirnos en el mundo de Adéle, sintiendo todo lo que siente ella, sufriendo por ella, amando por ella. Sencillamente espectacular, lo que se llama cine de emociones, pero a otro nivel.

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