A través de La Historia Interminable

Hoy en día uno de los temas de conversación más recurrentes es si “equis” película o “tal” serie es tan buena como el libro en el que se basa, desembocando irremediablemente en una discusión sobre lo mal que se ha hecho la adaptación de turno. Personalmente, salvo excepciones puntuales, siempre justifico los cambios que a muchos molestan amparándome en las grandes diferencias que existen entre el lenguaje audiovisual y el lenguaje literario. Ambos son muy distintos, con sus propias reglas, y aunque sí es posible transmitir el mismo mensaje, el contenido entre ambos es muy diferente. Un libro nos lo podemos leer en un par de horas, días o meses si no tenemos prisa, en cambio una película está ligada a un ritmo narrativo que permita contarnos una historia en unas dos horas. Por tanto a la hora de adaptar al cine, no se puede hacer un “copiar y pegar”, hay que destruir y reconstruir, aunque ello signifique sacrificar partes importantes del material original, cosa que yo perdono, siempre que se mantenga el mensaje. Podría escribir una reseña entera (o varias) sobre adaptaciones, pero para el caso simplemente voy a hacer hincapié en la importancia que tiene transmitir el mismo mensaje, la esencia, el alma de esa pieza artística, contada en otro idioma, el idioma del cine.

Cuando cumplí los 11 años mi madre me regaló el que fue su libro favorito durante su adolescencia, ahora que yo empezaba a adentrarme en esta época tan turbulenta, heredaba una parte de su vida. Ese libro era La Historia Interminable, y se convirtió también en mi libro favorito. Estaba destinado a que así fuera. Me enamoré tanto de ese libro que por alguna razón obvié la adaptación cinematográfica que existía (realizada en 1984), un clásico entre la generación ochentera, junto a Los Goonies, dos películas que entonces no vi de pequeño y que me han llevado a no formar parte de esa memoria colectiva que las recuerda con nostalgia.

La nostalgia es una fuerza poderosa, idealizamos un momento en particular, y las emociones con la que recordamos ese momento trascienden el tiempo y el espacio. Casi nada. Hace poco me dispuse a ver la película llamada La Historia Interminable, la que todo el mundo recuerda como una parte emocionante de su infancia. Así que sin la nostalgia de mi parte, pude ver lo que es en realidad: un ser mágico que en su momento cautivó a los más pequeños, ocultando así su verdadera forma: la de un auténtico monstruo que fagocitó la obra original y la escupió (por no decir otra cosa) en forma de aberración contra la naturaleza. Puede que no tenga la nostalgia de mi parte, pero tengo un arma más poderosa: el rencor.


– “Rencor, rencor!!, no Rancor!!”

Michael Ende, autor de la novela, quedó hechizado ante lo que él mismo estaba escribiendo. La historia tomaba forma por sí misma, era como si el propio Ende, como si del protagonista se tratase, estuviese luchando por salir de Fantasía para volver a la realidad y encontrar el final. Y así fue, cosa que alivió especialmente a los editores, preocupados por la tardanza de Ende por que éste no llegaba al “The End”. Chiste malo, lo sé.


– “Say it again, motherfucker”
– “Qué poco sentido del humor tienes, Samuel…”

El resultado fue una obra maestra, para mi el mejor libro de literatura juvenil, pero de largo. Original en su planteamiento, y con un desarrollo mucho más profundo del que se puede percibir a simple vista:

Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. (···) Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido.

-Michael Ende-

El clásico viaje del héroe, un proceso de autodescubrimiento y maduración personal, contado de manera magistral, a través de la dualidad entre el mundo real y el mundo fantástico como trasfondo, uno no puede existir sin el otro para poder andar este camino. Pero para la película se obviaron por completo todos estos conceptos, se borró de un plumazo la compleja relación entre ambos universos, esencial en el desarrollo de Bastián, como si la propia “Nada” que amenaza Fantasía la engullera. Michael Ende no acabó nada contento con el resultado, hasta el punto de no querer aparecer en los créditos. Tanto a él, como a los fans como nosotros, nos dolió la traición al mensaje del libro, a su esencia. Además nos cuesta aceptar no sólo que se haya hecho una pésima adaptación de nuestro libro favorito, sino que además ésta adaptación sea venerada por toda una generación.

Algunos diréis “eres un exagerado, la película en sí no es tan mala”. Recuerdo que mi punto de vista no es objetivo, es completamente emocional, del mismo modo que la gente que la venera también está empapado del elemento nostálgico. Por tanto vamos a intentar echar un vistazo a la película lo más objetivamente posible (y sin spoilers). La película tiene algo que no se le puede negar, y es que hay un esfuerzo en asimilarse lo máximo posible al libro. La mayoría de las escenas de la película son una viva representación de lo que se describe en el libro. Y sin embargo fracasó estrepitosamente como adaptación. ¿Cómo es posible?

El primer y gran fallo: adaptar sólo la primera mitad del libro; es algo ya de por sí absurdo. Pero podría ser fácilmente perdonable si se hubiese terminado con un “Continuará”, perdón, quería decir, “Cliffhanger” (perdón por no ser tan modernillo), anticipando la segunda parte, que hubiese abarcado la otra mitad del libro. Pero no fue así, y ello nos lleva al segundo gran fallo: el final. No lo voy a desvelar, desde el más profundo rencor todos os merecéis el horror de ver ese final por primera vez. Resulta hasta gracioso ver como en una película titulada “La Historia Interminable”, el final sea lo peor de todo. Totalmente infumable, una violación al legado de Ende, que por ende, (he oído disparos, mejor lo dejo ya) se carga cualquier atisbo del mensaje original que quería transmitir el libro. Es cierto que la película transmite valores positivos, fomenta la lectura y es un canto a la imaginación, hasta aquí bien. Ya he dicho que la película en sí misma no es mala. El problema es que esto no tiene nada que ver con lo que trataba de transmitir la novela; era todo eso y mucho más, pero la película se quedó a medias (bueno, ni eso). Imaginaos que El Señor de los Anillos hubiese terminado al final de la batalla del abismo de Helm:

– “Muy bien, nuestros protagonistas han ganado una batalla decisiva, pero todavía falta lo más importante: destruir el anillo, derrotar a Sauron, Aragorn debe liberar Gondor y reinar a los hombres….Pero mejor lo dejamos correr, no tenemos tiempo para poner todo eso, nos conformamos sólo con haber llegado hasta esta batalla.”
– “Pero espera, creo que tendríamos que tener un final más cerrado, la gente se pensará que así queremos hacer alguna continuación.”
– “Supongo que habrá que inventarse algo….mmm, algo que no esté en los libros. ¿Qué te parece si Aragorn de pronto va a Mordor, le devuelve el anillo a Sauron, y éste, agradecido, descubre el verdadero significado de la Navidad y se vuelve bueno, y reina la felicidad eterna en la Tierra Media.”
– “¿Seguro que deberíamos hacer eso? Prácticamente hemos calcado cada capítulo de los libros, y de pronto ponemos este final. ¿No quedará muy raro? Además que no tendría mucha coherencia con la historia que hemos estado contando.”
– “Será un éxito rotundo, tiene un mensaje positivo para los niños, que además cuando sean mayores recordarán esta película con tanta nostalgia que la seguirán amando pese a todos sus defectos.”

En conclusión, tenemos lo que podría haber sido la adaptación definitiva de una grandísima novela, con un mensaje y un trasfondo realmente interesante, pero la adaptación no sólo mutiló el libro, sino que le cambió por completo el significado, quedándose simplemente con una lectura mucho más superficial. Y eso que el 90% del film es clavado a lo narrado en el libro, pero faltando más de la mitad de la novela, y con ese…”final”, el resultado es catastrófico, en lo que a adaptación se refiere. No deja de ser irónico que tratando de ser tan fieles, se pudieron alejar tanto del auténtico mensaje que trataba de transmitir Michael Ende, con su posterior enfado. A fin de cuentas ser fiel a la obra no significa tener que poner cada escena, personaje, etc. que sale en el libro, no tiene un porque. Lo realmente importante es transmitir la esencia de ese material, y si para ello hay que hacer cambios para que pueda amoldarse al ámbito cinematográfico, pues se hace. Los cambios en el final de Watchmen casi mejoraron el de la novela gráfica, y V de Vendetta se parece poco al cómic en el que se basa, pero mantiene ese mensaje. Por tanto ser fiel a una obra artística, por curioso que parezca, no significa ser fiel a la historia, sino a lo que te trata de contar esa historia.

Menos mal que siempre nos quedará el temazo de Limahl:

2 thoughts on “A través de La Historia Interminable

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